El Everest es la cumbre de mayor altitud sobre el nivel del mar, pero esa medida no describe toda la montaña. Si se mide desde el fondo oceánico hasta la cima, el volcán Mauna Kea, en Hawái, supera su altura. Las dos afirmaciones son compatibles porque emplean puntos de partida diferentes. Algo parecido ocurre al comparar una caminata: alcanzar una cumbre situada a 3.000 metros puede exigir subir 500 o 2.000 metros, según dónde comience el recorrido.
Las cordilleras también difieren en su origen y evolución. El Himalaya se levantó por la colisión de la India con Eurasia. Al comprimirse la corteza, las rocas se plegaron, se fracturaron y aumentó el espesor del conjunto. La erosión actúa al mismo tiempo: el agua y el hielo retiran material que después se deposita en otros lugares. El relieve que vemos resulta de esa combinación de levantamiento y desgaste, no de un único acontecimiento terminado.
En los Alpes suizos, la región de Jungfrau-Aletsch permite observar numerosas formas producidas por los glaciares. El hielo acumulado se desplaza lentamente y transporta fragmentos de roca. Cuando retrocede, quedan expuestas superficies y depósitos que ayudan a reconstruir su extensión anterior. Una fotografía del mismo valle tomada desde el mismo lugar en fechas distintas puede mostrar cambios en el frente glaciar; para calcular su volumen hacen falta mediciones adicionales.
Una cordillera puede servir además como referencia geográfica. Los Urales forman parte de la separación convencional entre Europa y Asia, aunque ambos continentes comparten una masa terrestre continua. En otros casos, el nombre identifica un sistema que atraviesa varios países: los Andes recorren el oeste sudamericano y el Atlas se extiende por el noroeste de África. Las fronteras políticas no marcan necesariamente dónde comienza o termina una unidad de relieve.
La orientación de las laderas modifica las condiciones locales. Cuando el aire húmedo encuentra una barrera montañosa y asciende, se enfría; si se alcanza la saturación, pueden formarse nubes y precipitaciones. Al otro lado puede quedar una zona más seca, llamada sombra de lluvia. Por eso dos lugares cercanos y a una altitud semejante pueden tener vegetación muy distinta. Para interpretar el paisaje conviene mirar también de dónde llega el viento, dónde se acumula la nieve y hacia qué valle baja el agua.