Para llevar una cuchara a la boca hace falta doblar el codo y sujetar el mango con los dedos. Los músculos producen la fuerza; los huesos ofrecen puntos de apoyo y las articulaciones permiten el movimiento. Los tendones transmiten la tracción del músculo al hueso. Los ligamentos, en cambio, unen huesos entre sí y contribuyen a estabilizar las articulaciones. Aunque tendones y ligamentos puedan parecerse en un dibujo, no realizan la misma tarea.
Un hueso tampoco es una pieza inerte. Contiene tejido vivo que se renueva: unas células retiran material y otras forman hueso nuevo. Su estructura combina resistencia y una organización interna que evita que todo el esqueleto sea una masa compacta. Además de sostener el cuerpo, los huesos protegen órganos; el cráneo rodea el encéfalo y la caja torácica resguarda el corazón y los pulmones.
Al comer intervienen otros músculos que no controlamos de la misma manera que los del brazo. Las contracciones del tubo digestivo hacen avanzar su contenido y ayudan a mezclarlo. El estómago incorpora ácido y enzimas; el intestino delgado recibe secreciones del páncreas y bilis procedente del hígado. La digestión descompone los alimentos, mientras que la absorción permite que los nutrientes atraviesen la pared intestinal. Son procesos relacionados, pero distintos.
La circulación conecta esos órganos con el resto del cuerpo. La sangre pasa por el lado derecho del corazón hacia los pulmones y regresa al lado izquierdo, desde donde sale hacia los tejidos. Las arterias se definen porque alejan la sangre del corazón y las venas porque la devuelven. El nombre no depende de cuánto oxígeno contengan: las venas pulmonares transportan sangre que acaba de oxigenarse.
Estas funciones pueden estudiarse a distintas escalas. Una célula es una unidad viva; un tejido reúne células organizadas y el material que las rodea. Un órgano, como el estómago, combina varios tejidos. Por eso un músculo, un nervio y una capa que recubre un órgano no son términos intercambiables, aunque participen juntos en una acción.
Las sensaciones también requieren cuidado al describirlas. El dolor puede sentirse como ardor, presión o pinchazos, y su intensidad no permite medir por sí sola una lesión. La experiencia incluye componentes sensoriales y emocionales. Describir dónde aparece, cómo se siente y cuándo cambia aporta más información que compararlo con el dolor de otra persona.